- Entre lágrimas y con la voz quebrada, Josimar José Évora Dias compareció ante los periodistas después del debut de Cabo Verde ante España. Pero en realidad quien hablaba era Vozinha. Y quien lloraba tampoco era el portero de 40 años que acababa de firmar una actuación memorable. Era el niño que había pasado media vida soñando con una noche como aquella.
El Mundial tiene esa virtud. Cada edición rescata del anonimato relativo a un futbolista y lo instala, aunque sea durante unas horas, en el centro del escenario. Esta vez le tocó a Vozinha, un veterano curtido en mil aventuras, capaz de sostener a su selección frente a una España lanzada al ataque y de convertirse en héroe nacional en el día más importante de la historia futbolística de Cabo Verde.
Mientras se secaba las lágrimas sobre el césped de Atlanta, es fácil imaginar que su memoria viajara muchos años atrás, hasta aquellas calles donde nació su apodo.
A finales de los años ochenta y principios de los noventa, como tantos niños caboverdianos, pasaba las horas jugando al fútbol. Lo hacía bajo la tutela de sus abuelos, porque su madre trabajaba y su padre cumplía el servicio militar.
Eran partidos improvisados, ásperos, disputados contra chicos mayores que él. Recibía golpes, discutía, competía con una intensidad impropia de su edad y, sobre todo, llevaba mal la derrota.
"Me pegaban mucho y cuando no podía devolver los golpes, volvía a casa enfadado, con mala cara", recordó en una entrevista concedida a la FIFA en 2024.
Aquella imagen del pequeño Josimar regresando a casa enfurruñado dio origen a un apodo que nació como una burla y terminó convertido en seña de identidad. Sus compañeros le tomaban el pelo porque decían que corría a refugiarse junto a sus abuelos.
En portugués, 'avó' significa abuela; 'avozinha', abuelita. Con el tiempo quedó reducido a Vozinha, una forma cariñosa que encerraba toda una historia. Así se reían de él los rivales de aquellos partidos callejeros: "Mira, se va a llorar con la abuelita".
Hay algo hermoso en que el héroe de una noche mundialista conserve como nombre de guerra una broma infantil. El fútbol está lleno de estas paradojas. Los apodos que nacen para señalar una debilidad terminan convirtiéndose en una medalla.
Nombre real con origen futbolístico
Su padre, apasionado del fútbol, quería llamarle Valdano. Como Jorge Valdano, campeón del mundo con Argentina en México '86 y exjugador del Real Madrid. Pero las autoridades caboverdianas no autorizaron aquel nombre. Hubo que buscar una alternativa y la inspiración volvió a encontrarse en el mismo Mundial.
Así nació Josimar, en homenaje al lateral brasileño que dejó dos golazos inolvidables frente a Irlanda del Norte y Polonia durante aquella Copa del Mundo. De modo que el niño que años después jugaría un Mundial, iría con un nombre de un futbolista mundialista y un apodo heredado de las calles de su barrio.
Pero Vozinha, cuando salió de Cabo Verde para iniciar su primera aventura en el extranjero, quiso desprenderse de aquel sobrenombre. En 2012 fichó por el Progresso angoleño y decidió presentarse simplemente como Josimar. Consideraba que era el momento de dejar atrás un mote que no siempre le había gustado.
"En Cabo Verde nadie me conocía así (Josimar). Al principio no me gustaba el apodo, me volvía loco. Sin embargo, cuando llegué a Angola, había otro portero que se llamaba Josimar. Entonces dije: 'No voy a poner Josimar II en la camiseta'. Y si todo el mundo me conocía como Vozinha en Cabo Verde, así se iba a quedar".
Y así se quedó. Pasó por Angola, regresó a Cabo Verde, jugó en Moldavia, Portugal, Chipre y Eslovaquia. En su último equipo, el Chaves, finalizó contrato esta temporada tras jugar en Segunda División portuguesa. No ha renovado después de construir una carrera larga, honrada y silenciosa, lejos de los focos que suelen acompañar a las grandes estrellas. Mientras otros acumulaban titulares, él acumulaba kilómetros, partidos y experiencias.
Llegó al Mundial con 40 años, después de una vida entera persiguiendo oportunidades. Llegó como Vozinha y saldrá de él para siempre como Vozinha.
Porque bastaron noventa minutos para cambiar su dimensión pública. De ser un futbolista conocido sobre todo por los aficionados más atentos, pasó a convertirse en uno de esos nombres que el torneo lanza de repente al conocimiento general. De tener poco más de 200.000 seguidores en sus redes sociales, a cerca de dos millones.
Vozinha es uno de esos personajes improbables que aparecen cada cuatro años para recordar que el fútbol todavía conserva espacio para las historias humanas. Y quizá por eso sus lágrimas tuvieron tanto significado.
Aquel niño que regresaba a casa derrotado después de perder un partido volvió a llorar décadas más tarde. Pero esta vez no lo hizo por frustración ni por impotencia.
Lloró porque había alcanzado el lugar con el que soñó toda su vida. Los muchachos que se burlaban de él le gritaban: "Mira, se va a llorar con la abuelita". Tenían razón. Vozinha volvió a llorar. Sólo que esta vez lo hizo tras un empate que sabe a victoria.



